Los autobuses

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En Ávila lo hacemos todo distinto respecto al resto de la humanidad y la forma en la que nos movemos no podría ser menos. Hoy analizamos uno de los elementos más comunes del día a día de nuestras calles que han marcado, lo creais o no, el devenir de nuestra sociedad en los últimos años. Comprad un billetes y elegid asiento que nos espera un buen viaje entre adoquines y murallas.

La muchachada abulense que nacimos a finales de los ochenta, tenemos la suerte de haber sido los últimos que hemos disfrutado de los sinsabores de la vida sin dependencia digital. Ahora se conoce que los niños ya no vienen con un pan debajo del brazo, sino con un iphone a modo de prótesis pegado a las manos ¡Y ojo con intentar sepárales de ella! ¡Muerden, embisten e incluso lloran! Yo una vez lo intenté hacer y me pasé una semana y un día en el hospital. Lo del día es porque me gustó tanto la comida, que decidí quedarme un poco más…Bueno, esto último no me lo creo ni yo, pero ahí te lo dejo, que soy un tío generoso.

El caso es que por esa época las cosas funcionaban de otro modo, la vida era mucho más sencilla y nosotros quedábamos con el viejo método de “Avisa tú a Tovar, que llame a Muman y que siga la Ronda” ¡Y oye tan ricamente! ¡Sin whatsapp ni historias! ¡Y la gente llegaba a la hora! ¡Pero sin mirar el móvil cada segundo ni nada! ¡Que sí! ¡En serio! ¡De verdad, inténtalo y te sorprenderás!

Allí estábamos los bobos de siempre, a las cinco de cualquier tarde de agosto en el Mercado Chico, sentados en un banco viendo pasar la vida mientras llenábamos el suelo de pipas. No me mires así, es que nos gustaban las experiencias extremas y al límite. Y llegaban las seis y pasaba un autobús y llegaban las siete y volvía el mismo… Y las ocho y las nueve… A aquella estampa lo único que le faltaba eran las bolas de cardos rodando como en las pelis del oeste, pero en versión muralla.

Yo creo que fue así como nos empezamos a familiarizar con el mundo del transporte público en Ávila y lo más importante, ya entendíamos para lo que podía servir: Para saber la hora sin mirar el reloj. Lo de subirse y tal era secundario, básicamente porque para ir del Grande al Chico y del Chico a San Vicente, tampoco teníamos lo que se dice una necesidad imperiosa para invertir cien pesetas en un billete de bus (oye, es que eso nos daba para una bolsa de risketos, dos chicles, una cantimplora calentorra y hasta lo que diera en golosinas en Sabores o Caprichos).

Pero de repente un día todo cambió para esos aguerridos jovenzuelos, a Ávila había llegado el Carrefour. ¡Amigo! ¡Ahora se ponía la cosa chunga! Ya no era lo mismo andar quince minutos por la calle Vallespín hacia arriba, que irte al otro extremo de la ciudad a patita ¡Y sin whatsapp ni spotify!

De modo que hubo que ponerle solución y cruzamos la última frontera abulense. Ahí estaba yo, viendo como los amigos de siempre nos dirigíamos de manera inevitable hacia la madurez, más melancólicos que Carlitos Alcántara viendo el especial de Nochebuena de Serrat. Subimos al vehículo y… ¡Que espacioso! ¡Que diseño! ¡Que acabados! ¡¡QUE LENTO!!

Porque, a ver, tardar en recorrer cuatro kilómetros lo mismo que en ir a Madrid en un troncomóvil, rápido, rápido, lo que se dice rápido… Pues oye, que no quiero herir sensibilidades, pero no es.

A partir de ese momento aprendimos que coger el autobús en Ávila es un ejercicio complicado. En primer lugar, tienes que valorar tu nivel de vaguería, básicamente porque en Ávila, la distancia entre la parada del autobús y tu destino, pueden tener cierta similitud.

A veces se dan situaciones cómicas, como el llamado efecto bucle. Esto se produce cuando vas corriendo a la parada del autobús y lo pierdes. En cualquier otro lugar, esperas cinco minutos y tienes otro, pero en Ávila no, aquí para que venga tienes que esperar veinte más, por lo menos. Asique decides ir a la siguiente parada, camina que te camina, a lo Lawrence de Arabia, con tu camello y todo ¿Pero qué pasa? Que también tardas veinte minutos en llegar a la otra y justo cuando la ves… ¡Adiós! ¡Que se va! ¡Que tengo las pechugas en el fuego y se me van a quemar! Y así sucesivamente, hasta que al final, de tanto andar llegas al lugar de destino. Oye, que no deja de ser un transporte público muy ecológico ¡No gastas combustible!

La cosa es totalmente diferente cuando eres conductor. Sales con el coche, alegre, feliz y contento por tu carril, hasta que llegas a una rotonda y ves que el otro lado aparece un pedazo de autobús, que está ahí con el ansia viva de entrar antes que tú. Ahí empiezas a intuir que no vas a pasar. Te mentalizas, te preparas, aceleras al máximo y sin embargo… Pues eso, que no pasas ¿O qué te esperabas?

Pero oye ¡Qué maestría! ¡Qué habilidad innata para llevar esas máquinas por las curvas en dos ruedas sobre los adoquines! Que tú desde el coche, compruebas como los pasajeros se van estrellando contra los cristales, ahí sentadito con el volante, mirando cómo pasan y piensas ¿De quién estarán huyendo? ¿Llamo a la policía o algo? ¿Se ha producido una invasión de zombis y no me he enterado? ¿Ha venido Pablo Iglesias a Ávila?

Sin embargo, lo peor de todo, lo que nos deja totalmente embriagados por una sensación de temor de ultratumba es la siguiente pregunta: ¿Si cuando llevo yo en el coche vais a toda velocidad, que narices pasa cuando subo en el autobús y tengo prisa?

De momento no ha habido respuesta, se habla de una dimensión paralela o de una conspiración de los Iluminati, pero no hay nada claro a esta hora del día. Yo si me entero de algo, te lo voy contando, mientras tanto dale otra vuelta a la web que para eso la estás visitando.

César Díez Serrano

A veces escribo cosas y a veces leo. Mitad de Valencia , mitad de Ávila y cuando se puede de Londres. He publicado La edad de Acuario, El Misterio de Ana Bolena y Conspiración en Londres, además de colaborar en las dos entregas de El mundo según los abulenses y Leyendas según los abulenses. Cofundé la Asociación de Novelistas “La sombra del Ciprés”. Ingeniero Informático especializado en Marketing. Valencia CF, Football Manager, MClan, Jarabe de Palo y Bunbury.

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