La ciudad de Ávila siempre ha tenido una relación tortuosa con el tren. De hecho, cuando un abulense escucha la palabra tren, se retrasa obligatoriamente de diez a quince minutos y llega tarde a donde quiera que se dirija. Pero hubo un tiempo no muy lejano en el que existió una excepción. Hablamos, por supuesto, del Murallito, el Orient Express abulense.
Corrían los locos años noventa. El Topamí gobernaba con mano de hierro la provincia y los jóvenes compraban caramelos en Sabores. Y de pronto, sin saber muy bien cómo, un tren de color verde apareció en San Vicente. Fue todo un acontecimiento, toda una atracción turística que supuso un antes y un después para la ciudad. La felicidad y la alegría inundaban cada calle por aquel entonces.
El origen del Murallito
No se sabe mucho sobre su origen. Hay voces que afirman que era un robot cibernético procedente del planeta Omicron Persei 8 y que fue abandonado por los de su especie en una misión de exploración. Otras, que era un prototipo de AVE que, tras ser rechazado, se escondió en la ciudad huyendo de ser vendido. Quizá nunca sepamos la verdad.
El Murallito, según los estudios de la Universidad de Pradosegar, recorría Ávila 3.012,5 veces a lo largo del año. Eso sí, rápido, lo que se dice rápido, no era. De hecho, la misma institución afirma que podría tratarse de una herramienta de tortura medieval.
La famosa «Muerte por Murallito» consistía en tumbar al ajusticiado en plena calle y dejar que el tren le pasara por encima. Esto, a una velocidad de cinco kilómetros por hora, sometía al reo a un dolor insoportable, ya que tardaba más de ocho horas en ser aplastado por completo.
Porque este tren, probablemente para seguir la tradición de Renfe, rápido, lo que es rápido, no era. Pero fuese como fuese, ir con prisa y encontrarse al Murallito haciendo tapón era algo matemático.
Ese conductor que disponía a llegar a su trabajo en tiempo récord sabía que lo tendría difícil si se topaba con él. Se ponía el cinturón. Respiraba. Metía primera y avanzaba. Y al girar y enfilar la calle Telares, lo veía. Ahí estaba esa locomotora verde descendiendo con parsimonia y montando una cola que ni Nacho Vidal. Al final, claro…te la acababas comiendo (la del atasco, por supuesto).
¿Por qué desapareció el Murallito?
Pero un día, sin más, se fue y fue sustituido por su versión de Hacendado en color rojo. ¿Qué pasó? ¿Por qué uno de los grandes símbolos de Ávila abandonó la ciudad? Para responder a tales cuestiones, el Gloucester Post se citó con Laura Martínez, catedrática de la Universidad de Michigan, que lleva décadas estudiando este caso.
«Lo que está claro es que una desaparición tan repentina no es casual. De entre todas las teorías, la que más resuena es un secuestro por parte de la Renfe. Al final, no dejaba de ser un rebelde frente al chiringuito que tenían montado. ¿Qué era eso de ser tan puntual?» afirmaba Martínez con seguridad.
Y es que, los datos indican que, a pesar de ser muy lento, el Murallito era regular. «Salía siempre y cumplía sus tropecientos recorridos diarios hubiera sol, nieve, lluvia, con turistas o sin ellos. Era muy honrado, saludaba siempre a los vecinos y daba las gracias a los camareros cuando paraba a almorzar»
Sin embargo, la propia catedrática sostiene una teoría alternativa bastante más inquietante. «Otra posibilidad es que otros miembros de su especie volvieran a recogerlo y que, ahora mismo, estén planteando regresar a Ávila para invadirla. La posibilidad de que una civilización de trenes turísticos nos esté observando es bastante alta. Sin embargo, en cuestiones de trenes, tampoco es lo peor que nos puede pasar, visto lo visto».