1948 días sin ataques a la muralla · 25 pesetas · Edición Especial 

César Díez Serrano

Nieto de Teodorillo y la señora Tere. Valencianoabulense. Leísta. A veces escribo cosas y otras me dedico a leerlas.
Cada viernes, Ávila vive un fenómeno paranormal conocido como “la estampida madrileña”. Esta crónica retrata con humor científico la mutación exprés del urbanita en turista zen...hasta que regresa a la Castellana.
Practicar deporte en Ávila es cocinar a fuego lento dentro de un congelador. Lo hemos intentado todo, desde el fútbol hasta el bádminton, y siempre acabamos entre el barro, el viento y la resignación. Aquí correr es un acto de fe, el ciclismo una invasión semanal y la hípica un desfile de horsepijos y apostadores ocasionales. Al final, lo que mejor se nos da es ver el deporte desde el bar, con pincho, calefacción y una silla bien agarrada. Porque en esta ciudad no hacemos deporte, lo sobrevivimos.
En Ávila no pasamos frío, lo llevamos dentro. Lo contamos, lo exageramos y hasta lo echamos de menos cuando no está. Desde pequeños nos enseñan a enfrentarlo como un rito de paso, ya sea con bufanda sobre la armadura o con minifalda en pleno enero. Podemos estar tiritando, pero diremos que esto no es nada comparado con el invierno del 96. Porque aquí el frío no se sufre, se presume.
En Ávila, los pinchos no se piden, se asumen. Esta crónica repasa el trauma generacional de crecer atrapado en bares abulenses, entre croquetas gigantes, servilletas rebeldes y padres que decían “la última y nos vamos”. Un homenaje ácido a esa infancia marcada por gambas gabardina, platos imposibles y tardes eternas sin wifi.
En Ávila, la feria no es solo una fiesta: es un fenómeno sociológico, una batalla de luces, olores y casetas donde confluyen tíos, sobrinos, empresarios y salsas de dudosa procedencia. Un homenaje al caos ordenado de nuestras fiestas patronales, a los coches de choque como rito de paso y a las bolsas pegajosas que jamás debieron pisar el suelo.
En Ávila, los pasos de peatones son un fenómeno inexplicable que ha desafiado a la ciencia moderna. Mientras el mundo debate sobre la física cuántica, aquí seguimos preguntándonos por qué sus habitantes cruzan sin mirar.
En Ávila, no tener pueblo no es solo una circunstancia: es un drama social. Los llamados apueblidos viven marginados, sin fiestas patronales, sin peñas y con una soledad que se agudiza cada verano. Este artículo repasa sus penurias, las terapias de integración rural y el valiente camino hacia la inclusión. Porque todos merecen una abuela con gallinas, un apodo ridículo y un bar donde pedir “lo de siempre”.
¿Qué hay? En Ávila, esa pregunta no espera respuesta. Exploramos el saludo más desconcertante de nuestra tierra, con raíces más profundas que las murallas y protagonizado por señoras en vermut. Un homenaje al “quehaycismo” como seña de identidad.