1948 días sin ataques a la muralla · 25 pesetas · Edición Especial 

Noticias sobre Ávila

Hacer botellón en Ávila

El botellón en Ávila es, sin duda, una de las prácticas más arriesgadas que existen entre la juventud local. Las temperaturas hacen de este actividad todo un ejercicio de riesgo.
Jovenzuelos haciendo botellón a orillas del río Adaja
Jóvenes haciendo botellón a orillas del río Adaja
Índice

A lo largo de la historia, los abulenses han tenido que adaptarse a las nuevas tendencias mundiales. Pero, gracias a sus particulares características, tanto geográficas como sociales, esto no siempre ha sido posible.

Un claro ejemplo son las piscinas. Aquí tienen la misma utilidad que un paraguas en Cádiz. Alguna vez se usan, claro, pero la mayor parte del tiempo son un elemento decorativo. Pero, oye, nosotros las instalamos. ¡Para que no digan que no sabemos estar! Cada año mueren millones de abulenses que se bañan en aguas heladas, pero no importa: somos una provincia moderna.

Algo así sucedió con el botellón. Esa práctica no estaba diseñada para un lugar como Ávila y, aun así, nos empeñamos en introducirla en nuestras vidas.

La historia del botellón en nuestra ciudad

Pese a la existencia de vestigios del siglo XVI encontrados en los alrededores de la basílica de San Vicente, lo cierto es que el auge del botellón data de las primeras décadas del nuevo milenio. Los inicios fueron esperanzadores; así lo certifica el estudio realizado por el CICB (Centro de Investigación Cervecero de El Barraco). «Beber en la calle de junio a septiembre se realizaba de manera plácida, pero nada puede derrotar al frío de Ávila», señaló Israel García, corresponsable del proyecto, al Gloucester Post.

El invierno es el juez que dictamina si algo es viable o no en Ávila, y el botellón, desde luego, no lo es.

Partamos de la base de que las minifaldas y las camisas no están hechas para las temperaturas gélidas abulenses. Por ello, las empresas de neoprenos y leotardos se hicieron de oro en la ciudad. Y claro, no es lo mismo ver a la Jessi y al Jonathan en un polígono de Gandía que a Teresa y Teodoro bebiendo en San Antonio al borde de la hipotermia.

Pero, lejos de echarse para atrás, la muchachada abulense se hizo fuerte ante los elementos. ¿El motivo? El ahorro económico, que no es sino la base del botellón. Por no pagar una copa, los jóvenes abulenses eran capaces de beber gazpacho con matarratas, gasolina, Cruzcampo o venenos similares. «Al final, entre las bebidas, los leotardos, los ibuprofenos, las raquetas de nieve, los huskies y los sherpas, era mejor ir a un bar. Pero éramos rebeldes y reivindicábamos nuestros derechos», señalaba la Vane, que a sus cuarenta años se emociona al recordar aquellos tiempos. «Lo de trabajar y esas mierdas nos importaba menos».

El hielo: un elemento que condiciona todo

En ese sentido, otro factor marcó la práctica del botellón en Ávila: el hielo. Porque las copas llevan hielo con el objetivo de mantener fría la bebida, pero ¿qué sentido tiene esto cuando la temperatura exterior es la de Siberia? Pero, si difícil es soportar el frío, mucho más complicado resulta sujetar los vasos de plástico en esas condiciones. Con los guantes se resbalan y, sin ellos, las manos se quedan pegadas como con Loctite.

Como colofón final, los abulenses redoblamos la apuesta al elegir los lugares más insólitos para beber al aire libre. ¿Qué mejor sitio para hacer frente al frío que en el cauce del Adaja? Humedad, agua, dos puentes, una carretera y gente borracha. ¿Qué podría salir mal? Y así, cada fin de semana, mozos y mozas aborregados se han mantenido haciendo botellón desde hace décadas. Nuestro consejo es que te pongas a trabajar, pues de ellos depende tu futura pensión. Ahorra.

Otras noticias sobre Ávila

Un estudio del Virus Liars Institute alerta sobre una epidemia que afecta al 63% de los abulenses: la Intermitentis indigentiam, una dolencia que impide usar intermitentes y entender rotondas. La comunidad científica (y la barra de el Mangas) ya investigan el caso.
En 1999, Ávila vivía su apogeo juvenil con Vallespín convertida en una enorme sala de fiestas. Hasta que Miguel Ángel Rivas, harto del desenfreno, liberó una horda de zombis bielorrusos alimentados con yogures del Gimesan. En pocos meses, la calle quedó en silencio, los bares cerraron y solo quedó el recuerdo. Desde entonces, la ciudad nunca volvió a ser la misma… ni tan divertida.
Ávila impone una geografía vertical donde las cuestas definen la identidad local y el físico de sus vecinos. Desde la mítica Mataburros hasta los adoquines de Vallespín, la orografía abulense forja una resistencia única que desafía a estudiantes, conductores noveles y visitantes por igual.