Los abulenses mantienen una relación muy especial con el tren; para ser más específicos, una tóxica. Una de esas en la que uno de los miembros de la pareja lo da todo y la otra parte responde con desdén.
Y es que decir que el tren Ávila-Madrid tiene problemillas es como decir que Hitler tenía muy mal pronto.
El trayecto no se sabe ni cuándo empieza ni cuándo acaba. Llegar a la estación es como abrir una caja sorpresa en la que puedes encontrar que sales puntual o que, como suele ser habitual, te lleves un retraso de los que pueden ir de los diez minutos a los diez años. De hecho, según un estudio de la Universidad de Iowa, los abulenses pasan de media de un veinticinco por ciento de su vida esperando al tren.
Pero nuestra estación ni es Atocha, ni Joaquín Sorolla, ni Sants. La estación de Ávila es pequeña, sí, pero con mucha personalidad.
La tercera edad invade la estación de trenes
Por ejemplo, es uno de los puntos de reunión de una de las bandas callejeras mejor organizadas de la ciudad: la tercera edad. Hay quien dice que es por la calefacción, otros por los bancos, pero por lo que sea, la estación ejerce un magnetismo de alto nivel a medida que se cumplen años, que invita a pasarse las tardes andén para arriba, andén para abajo.
Pero su tamaño es engañoso, ya que la estación tiene veinte vías. Visibles, las tres primeras y la veinte. El resto, a día de hoy, sigue siendo un misterio. Los rumores cuentan que las vías ausentes son las del AVE, que transcurren por túneles subterráneos y solo pueden ser utilizadas por los Illuminati y los socios del club Megatrix.
La teoría del espacio-tiempo de Einstein
Pero si misteriosa es la estación, no menos lo son sus trenes. No lo sabemos con seguridad, pero hay indicios de que Albert Einstein desarrolló parte de su teoría del espacio-tiempo aquí.
Es el único medio de transporte en el que el tiempo cada vez se estira más en relación con el espacio. Los apenas cien kilómetros que nos separan de Madrid cada vez parecen más largos. De hecho, existe un teorema no aprobado por la IUPAC que afirma que el kilómetro abulense recorrido por un tren de Media Distancia aumenta trescientos metros al año, o lo que es lo mismo, treinta kilómetros más en total. A este ritmo se espera que en cinco años el trazado actual se haya expandido hasta los ciento cincuenta kilómetros.
Todo esto explicaría la paradoja de que, pese a los avances tecnológicos en materia ferroviaria, los trenes entre Ávila y Madrid tarden cada vez más.
La experiencia en Príncipe Pío
Pero la experiencia de los abulenses en el tren va mucho más allá de los meros retrasos. Hay elementos que pesan un poquito más en la ya cargada mochila de la paciencia.
Situémonos una tarde cualquiera en la estación de Príncipe Pío en Madrid, la tierra de la libertad. Un grupo de valientes paisanos se da cuenta de que la vía del tren que les llevará a casa aún no está puesta… y faltan cinco minutos para la supuesta hora de salida. Y llega la tensión. Se puede palpar. No hay información en los paneles. No dicen nada por la megafonía. Entonces llega él, ese asistente de Adif con espíritu de director de instituto. ¿Te has encargado de organizar el colapso que se va a preparar?
Se siente poderoso con su uniforme. Es su oportunidad para demostrar lo que vale. Pero choca con la realidad y, entre que no es el lápiz más afilado del estuche y que se empeña en dirigir a los abulenses como si fueran ovejas en la granja de su tío Eufrasio, el pollo está garantizado. Porque a los de Ávila nos fastidia mucho esperar. El abulense no está acostumbrado a las colas. Aquí todo es dicho y hecho; lo de estar plantado en un sitio para entrar es cosa de la capital, nosotros no valemos para eso.
El problema es que tampoco tenemos el don de la queja. Nos cuesta eso de ir en masa a reivindicar nada; somos más de lanzar frases al aire para que de forma indirecta lleguen a las más altas instancias: «Esto es una vergüenza, alguien tendría que hacer algo». Alguien, claro, menos la persona que lo dice, a la que no le queda más remedio que quedarse esperando en el redil que ha montado Renfe para los viajeros que se quedan varados. Que uno se ve ahí y se siente como Tom Hanks en La terminal: ni puede irse a Ávila ni puede irse a dar una vuelta, porque le han dejado encerrado como a un tonto.
Pero como en toda buena relación tóxica, nos es difícil olvidarnos del tren. Siempre pensamos: «Ya cambiará. Que en el fondo nos quiere y que, cuando vaya bien, todo será maravilloso: nos pondrá cinco zonas, la sede del Museo del Prado y hasta el río Adaja se convertirá en una playa».