En los años dos mil, en Ávila, podías ir al instituto a muchos centros, como por ejemplo a la Mila. En este medio de comunicación pudimos vivir esa experiencia en primera persona.
Muchos nos imaginábamos que el salto formativo sería parecido a vivir dentro de un capítulo de Salvados por la campana o Grease. Pero nos equivocábamos de título. Porque los abulenses de la época, el primer día que pisábamos la Milagrosa, nos metíamos de lleno en una mezcla entre Los juegos del hambre y Harry Potter.
Nos sentaban en el salón de actos y nos iban citando uno por uno para asignarnos la correspondiente clase. Una prueba de fuego para los de apellido raro, que se quedaban identificados por los siguientes dos años.
Y llegaba ese día en el que decías: «¿Pero por qué a mi amigo Tovar lo han metido en el B y ya no lo vamos a volver a ver jamás?». Y veías con desasosiego cómo a tu colega del alma se lo llevaban cual condenado a muerte, mientras que a ti te metían en la misma aula con alguien que no entendería los chistes como Tovar, que no se parecía nada a Tovar y que seguramente no tendría el mismo Típex que le robabas a Tovar.
Filosofía y otras trampas
Pero si hubo un hecho que marcó mi paso de la niñez a la juventud fue el día que una profesora se acercó a mí, giró su rostro sesenta grados hacia su hombro, me miró fijamente y con voz lenta me preguntó algo que cambiaría mi vida para siempre: «¿Tú sabes lo que es la filosofía?».
Los cientos de experimentos realizados alrededor de esta cuestión han demostrado que era imposible responder bien. Una pregunta trampa como: «¿Para qué sirve el carril bici de Ávila?» o «¿A qué huelen las nubes?».
El profesor F. Tovar, de la universidad de UCLA (sí, mi amigo, que luego prosperó), apunta que una alumna llegó a responder: «¿Qué es filosofía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es filosofía? ¿Y tú me lo preguntas? Filosofía eres tú». Pero dijeras lo que dijeras, todas las respuestas quedaban anuladas con una pregunta aún más desconcertante: «¿Sabéis leer?». Y en ese caso, tampoco supimos qué contestar.
Biología o el séptimo círculo del infierno
Sin embargo, esta experiencia filosófica no era nada en comparación con lo que sucedería en la siguiente clase. De repente todo se empezó a oscurecer. Las flores del patio se marchitaban. El viento silbaba de forma inquietante. Los pájaros huían presos del pánico. Empezaba Biología. Si es cierto que Santa Teresa visitó la puerta del infierno, probablemente nos pillaría aprendiendo la mitosis celular a los que asistíamos a esa asignatura. No hicimos la mili, pero sí la Mila, cuando conseguimos aprobar Biología en aquel instituto. El resto… bueno, hay una placa homenajeando a los caídos en el bar Sur.
Sus exámenes eran lo más parecido a salir a combatir contra Mike Tyson. Te iba a dar por todos lados. Da igual lo que hicieras. Y entonces, escuchabas la grapadora. La profesora, con pasos marciales, avanzaba cual institutriz, pupitre a pupitre, para grapar los exámenes. Clic. Un paso. Clic. Otro paso. Y temblabas. Y sudabas. Y claro, cuando llegaba a ti se te caían los folios, los bolis, el marcapasos y hasta la vergüenza. Y tú veías cómo planeaban suavemente las hojas ante los enfurecidos ojos de la profesora, antes de que te soltara algo del tipo «pero César, ¿estás tonto o qué»
Y, claro, al final suspendías. Lo bueno es que los exámenes corregidos de Biología venían con notas explicativas sobre tus fallos con cosas del tipo: «Nivel tercero de la ESO», «Qué desastre» o «Muy mal», por si tenías la tentación de acudir al VAR.
El inglés y el arte de sobrevivir sin hablar
Por fortuna también había clases mucho más relajadas, como por ejemplo la de inglés. Es cierto que lo realmente milagroso de la Mila fue que saliéramos aprendiendo inglés a base de traducir frases tan útiles como «podría haber habido un accidente» o «podría haber habido lo que nunca hubo ni habrá». Total, para acabar el año pasado en Londres con mi amigo Tovar, pidiéndolo todo en español y señalando las cervezas que queríamos con el dedo.
Uno de los momentos cumbre de las clases de inglés era la lectura. Y ahí el truco para librarse era claro, teniendo en cuenta que el profesor (llamémoslo «M») no tenía, digamos, muy controlados nuestros nombres. Por eso su única herramienta para hacernos leer era el contacto visual. Y ahí los alumnos, cual suricatos del Rey León, bajábamos la cabeza de manera instintiva para evitar ser los siguientes. Y oye, funcionaba hasta que algún incauto levanta la vista para comprobar la situación…y hasta luego.
La Champions League del recreo
Pero si de momentos cumbre hablamos, no podemos dejar de lado la liga interna de fútbol sala. Toda una Champions League de los recreos, donde chicas y chicos de todo el instituto jugaban a cara de perro como si les fuese la vida en ello. El premio, más allá del orgullo, eran los diez minutos que te permitían salir antes al patio…Bueno, salvo si estabas en filosofía, que ahí nadie se atrevía a explicar por qué era más importante el fútbol que Platón.
Pero luego había que volver a clase sudados. Porque los adolescentes sudan y lo hacen con abundancia. Además, en esa época no se podía utilizar la ducha y en las aulas se generaba un interesante contraste entre las «sutiles» colonias con aroma a fruta, tan de moda en la época, y el olor a orco de Mordor de los futbolistas.
Las especies de la Mila
Y es que en la Mila convivían muchas especies. Además de los acólitos del balompié, existían otros muy destacados como los internos. Esa suerte de muchachas (porque solo admitían mujeres) que no solo pasaban las horas lectivas en el centro, sino que también vivían en él. O, mejor dicho, en «la otra casa», el edificio frente al instituto. Ellas, junto a la gente que venía de los pueblos, eran los únicos que podían irse media hora antes para coger el autobús de vuelta a casa los viernes. Y esos treinta minutos se volvían horas.
Luego estaban los repetidores y esa curiosa simbiosis que permitía a un adolescente imberbe compartir estudios con el Chustas y el Rata, que tenían más barba que su padre y que habían perdido la cuenta de las veces que habían suspendido biología.
Con los años uno descubre que todo aquello tenía más sentido del que parecía. La filosofía, la mitosis, la grapadora, el Chustas, el Rata y los suricatos del inglés formaban parte de un complejo sistema educativo que el Ministerio nunca llegó a comprender del todo.
Un sistema que, según apuntan varios estudios del propio profesor F. Tovar, estaba diseñado para forjar a los líderes del mañana. De hecho, sostiene en una reciente conferencia que aquel día en que nos separaron en clases distintas no fue una tragedia, sino un experimento pedagógico de alto nivel. Al final, tampoco hemos salido tan mal.