Al principio, todo era campo. La metrópoli abulense se ha ido forjando a lo largo de los siglos hasta convertirse en lo que es hoy gracias al buen hacer de sus ciudadanos y, de manera especial, al de todos aquellos que en algún momento tuvieron la ocurrencia, o la valentía, de pensar que Ávila era un buen lugar para montar un negocio.
Porque emprender aquí no es para cualquiera. Lo resume bien Daniel Brown, coordinador del proyecto Work to Life de la Universidad de Pradosegar: «Emprender en Madrid no tiene mérito. Allí montas cualquier negocio y va solo. Pero me gustaría haber visto en Ávila a Amancio Ortega. Nunca se ha atrevido a poner un Zara por lo que pudiera pasar. En Ávila montar un negocio es deporte de riesgo».
Aun así, muchos se atrevieron. Y no solo eso, algunos fueron precursores de las grandes franquicias que hoy colonizan los centros urbanos de medio mundo, esas de logotipos coloridos y carteles de neón que huelen igual en Tokio que en Valladolid.
Las primeras franquicias de Ávila
Revisando los archivos, el equipo de investigación del Gloucester Post ha identificado los dos negocios pioneros en estas lides. El primero es la hamburguesería Charly, que ante la conspicua ausencia de un McDonald’s olfateó la oportunidad y montó su propia versión abulense. En la misma época nació Pizza Móvil, aunque no hablamos del negocio moderno que luego se instaló en la avenida de Portugal, sino de la primera pizzería a domicilio de la que se tienen registros en la ciudad y que se situaba cerca de San Roque.
La verdadera fiebre, sin embargo, llegaría en los albores del nuevo milenio. Uno de los negocios más memorables de aquella era fue el Western. Café para muy cafeteros, sin duda. Un restaurante temático ambientado en el Lejano Oeste que ocupaba un local en la calle Hornos Caleros. Todo forrado de madera, música country de fondo, pañoletas y sombreros de vaquero. Contaba además con la máquina de videojuegos de los Justicieros, para quien quisiera ejercer de forajido sin consecuencias legales, y como atracción estrella, una isla donde prepararte tu propia ensalada. ¿Por qué desapareció? ¿Fue Trump? La historia no da respuestas.
El auge de este tipo de negocios
Para el experto Daniel Brown, no obstante, el negocio que verdaderamente marcó un antes y un después fue otro. Hablamos, cómo no, de Bocatti. Toda una revolución para la ciudad. Atrajo a millones de niños y adolescentes a celebrar sus cumpleaños y representó una propuesta claramente adelantada a su tiempo, calcada de los patrones que ya triunfaban al otro lado del túnel de Guadarrama: menús, bandejas, regalitos para los peques y un logotipo molón.
No todo fue tan fácil de clasificar. Boc and Roll, ubicado en la zona sur en aquella misma época, es un buen ejemplo de ello. «No está claro lo que se comía allí. Fue una innovación en el ámbito gastronómico que llegó demasiado pronto. Eran una especie de roscas rellenas, una mezcla entre hamburguesa y hornazo castellano». Por lo que sea, no acabó de funcionar.
Lo que sí llegó a lo más alto del Olimpo culinario local fue Telepizza. Cuando la cadena abrió sus puertas en San Vicente, aquello fue una revolución en toda regla. ¿Qué niño abulense de la época no fue allí a preparar su propia pizza? Durante las décadas que estuvo abierto se convirtió en un punto de encuentro casi mítico. «Hubo trámites para que se le incluyera entre los edificios históricos de la ciudad, ya que la gente quedaba allí como en Disco 70 u otros lugares que ya no existen».
Una oportunidad perdida
La evolución también dejó espacio para propuestas más exóticas. Xi Hu se convirtió en el gran referente de la cocina asiática en la ciudad, mientras que Lunares pasó a la historia como el primer proyecto que consideró buena idea meter a un batallón de niños asilvestrados entre bolas de plástico, postes acolchados y toboganes. Una idea que, vista en perspectiva, rozaba el heroísmo.
Sea como sea, está claro que las grandes multinacionales del sector nunca terminaron de ver el potencial de esta ciudad. Un error estratégico que los analistas de Wall Street siguen sin saber explicar. Mientras los grandes operadores internacionales miraban hacia otras latitudes, aquí se fraguaba en silencio una escena gastronómica propia, singular e irrepetible. No nos necesitaron. Nosotros tampoco los necesitamos a ellos. Y la muralla sigue en pie.