En Ávila todo está hacia arriba o hacia abajo. Cuando los fundadores de la ciudad buscaron el terreno idóneo para poner la primera piedra, decidieron que apelar a la pereza sería una de las mejores defensas ante los invasores.
Y es que, más allá de que se tratara del ejército moro del siglo XII o de los turistas madrileños, las cuestas han sido un elemento disuasorio de nuestra ciudad.
Porque en Ávila, vayas donde vayas, tienes que pasar por ellas. Aquí no decimos «vamos al centro», aquí «subimos al centro», salvo que vivas en él. En cuyo caso no dirás «voy a tu barrio», sino «luego bajo a Santo Tomás y te veo».
Esto, a lo largo de la vida, va dibujando unas características físicas autóctonas. El científico del Seattle General Hospital, Obdulio Gómez, las ha definido como «gemelos hiperdesarrollados abulenses», que se desarrollan durante los años de adolescencia y emulan la famosa musculatura del futbolista Roberto Carlos.
Cuesta de la Mataburros
Pero hay cuestas y cuestas. En la ciudad tenemos algunas míticas que incluso se han ganado un sobrenombre con el peso de los años. De todos estos apelativos hay uno que destaca por encima de todo, por el pavor que desprende.
Se trata de la Mataburros. Así, sin medias tintas. Pero que nadie se engañe. No sabemos cuántos de estos animales murieron al tratar de subirla, pero sí tenemos constatada una evidencia: no hay forma de pasar por ella sin acabar con la lengua fuera. Da igual en la forma que estés. No hay manera de llegar hasta arriba y mantener la dignidad.
Empiezas con motivación, porque el inicio tiene muy poca pendiente. Pero, sin darte cuenta, la cuesta te atrapa. Estás a medio camino. Has ascendido más de lo que pensabas. Pero empieza lo peor. Se inclina más y más. Ya no puedes darte la vuelta, pero tampoco bajan tus pulsaciones. Intentas ir despacio y mal; intentas ir más rápido y peor. Para cuando llegas arriba, el sudor ya ha hecho acto de presencia; hasta las ambulancias se paran a socorrerte.
La cuesta del Bingo
No siempre nuestras cuestas tienen nombres tan ocurrentes; algunas solo señalan lo obvio. Es el caso de la cuesta del Bingo, llamada así porque hay un bingo. Escondido, sí, pero muy presente en el imaginario local. Hablamos de una zona que suele ser paso habitual para los miles de adolescentes que van a los institutos de la zona sur. Porque, por algún motivo desconocido, en Ávila acumulamos infraestructuras: hay calles llenas de supermercados, otras de carnicerías y también de institutos.
El caso es que todo estudiante de ESO, centro o bachillerato sabe lo que es descender la cuesta del Bingo a las ocho y media de la mañana con una helada considerable. Se han dado casos de adolescentes que han aparecido en aulas de Toledo empujados por la inercia de la bajada.
La calle Vallespín y el carnet de conducir
Pero si en Ávila hay una cuesta mítica es, sin duda, la de la calle Vallespín. Una suerte de subida adoquinada que conecta el puente Adaja con el Mercado Chico. Sin pausas, sin curvas y sin repechos. Una cuesta no apta para corazones débiles y que ha visto a cientos de borrachos rodar cual morcillas hacia abajo. Y es que Vallespín fue durante muchos años el templo de la vida nocturna de la ciudad. Pero el alcohol y las pendientes no son buenos amigos.
Estas son solo algunas de las más importantes, pero lo cierto es que en la ciudad siempre hay una cuesta esperándote en el momento preciso. Pero ninguna lo hace con más crueldad que cuando te sacas el carnet de conducir.
Es increíble cómo aumenta el desnivel de la ciudad cuando estás aprendiendo. De repente, parece como si las calles de Ávila se convirtieran en el Everest. Tan mal se pone la cosa que, cuando se forma un atasco en una de ellas, sudas, rezas y hasta temes por la integridad de los coches que están detrás de ti.
Si ya de por sí te cuesta coordinar embrague, acelerador y el claxon del tipo que se ha dado cuenta de que llevas la L, súmale el veinticinco por ciento de desnivel, que te obliga a meter el freno de mano.
El coche se cala. Intento número dos: unos centímetros más cerca del coche de detrás y muchos más nervios. El coche se cala otra vez. El del claxon ya ha tocado la Quinta Sinfonía y tú pareces José Antonio Camacho y sus sudores en el Mundial de Corea y Japón.
Pero los abulenses somos tenaces y al final lo conseguimos. La diferencia está en cuántos abollones lleva el coche o en cuántos intentos necesitas en el examen. En Ávila todo cuesta. Especialmente las cuestas.